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La vida transcurre ajetreada como siempre, el ajustado horario
laboral, la vida familiar, el deporte con los amigos, la pareja y las
preocupaciones cotidianas normales que se afrontan como puede. Pedro se considera
una persona activa, con una vida plena, dinámica y amigo de sus amigos. Siempre
intenta estar ahí para ayudar, arriesgándose al “contagio” que supone acercarse y relacionarse con personas negativas.
Como casi todos, Pedro tiene amigos considerados negativos
que se acercan a él para utilizarlo como un contenedor donde depositar la
energía negativa altamente radiactiva. Estos llegan y sin previo aviso te
empiezan a contar lo desgraciados que son, lo mal que se porta la vida con
ellos y como no, nombran de manera sistemática las palabras “mala suerte”. A la
menor señal de positivismo que ven en la otra persona, estas encienden la
maquinaria de la argumentación a favor de su negatividad, concienzudamente
estudiada y detallada, para que no quepa ninguna duda de la veracidad de los
hechos negativos que lo envuelven.
Pedro se ve por momentos desolado en mitad de la conversación y lo
que antes consideraba una buena salida ahora se torna de color gris oscuro.
Percibe que está siendo arrastrado a la zona pesimista de la cosas, al
catastrofismo que por un momento le envuelve como una ola te revuelca sobre la
arena.
Termina la conversación con esta persona y amablemente se despide.
Ha llegado cargado del terrible virus de la negatividad, lo ha descargado y ha
infectado, sabiéndolo o no, parte de la energía positiva que desprendía Pedro.